🩺 Contribución del Fundador
- Uchechi Ibewuike

- 27 feb
- 3 Min. de lectura
🩺 Contribución del fundador
Punto de control de signos vitales
Frecuencia cardíaca: 130 lpm – Nervioso e inestable
Presión arterial: 140/97 – Estresado
Frecuencia respiratoria: 25 – Respiraciones irregulares y superficiales
Una palabra para describir este recuerdo: Inquebrantable
Era mi turno de cumplir con el deber de la morgue por primera vez.
Para entonces, llevaba unos meses trabajando transportando pacientes. Ya había oído el eco del dolor en los pasillos del hospital: pacientes contando chistes en medio del sufrimiento, madres siendo sacadas en camilla con sus recién nacidos, prisioneros escoltados encadenados para ser tratados. Creía haber visto mucho. Pero nada me preparó para esto.
La habitación estaba en silencio. No había monitores sonando. No había enfermeras corriendo. No había mantas calientes que agarrar. No había instrucciones sobre cómo levantar con cuidado o comprobar si estaba cómodo.
Solo una camilla de metal. Y una bolsa gris de tamaño natural. Con cremallera. Etiquetada.
Había hecho tantos traslados. Pero este... no se trataba de adónde iría el paciente. Era el final del camino.
Al empezar a mover el cuerpo, oí un fuerte golpe: huesos chocando contra el acero. Me estremecí y abrí la boca para decir: «Ten cuidado» o «¿Te dolió?». Pero las palabras no salieron. No había nadie que las oyera. Solo más golpes sordos.
Mis rodillas casi cedieron.
Me obligué a respirar. «Es solo otra transferencia», pensé. «Un poco diferente».
Pero cuando pasamos la camilla por las puertas de la morgue, me quedé paralizada. Había filas de estanterías. Algunas ocupadas. Otras esperando. Más bolsas grises. Algunas más pequeñas que otras.
Me acerqué a uno pequeño para leer la etiqueta... y salí corriendo.
Ese era un bebé. Una madre en algún lugar de ese hospital no volvería a casa con su hijo en brazos. Y otros, antes sonrientes, respirando, riendo, ahora reducidos a códigos de barras y silencio.
El resto del día transcurrió borroso. Seguí trabajando, pero algo se había roto.
No era solo un cuerpo. Era alguien. Alguien con una historia. Con gente que lo amaba. Con dolor, alegría y preguntas sin respuesta. Alguna vez necesitaron consuelo. Una manta cálida. Una sonrisa. Pero ya no. Esta era su última parada.
No recuerdo si lloré, pero sí recuerdo darme cuenta de lo insensible que me había vuelto. Había empezado a tratar cada traslado como una rutina. Una tarea. Un turno. Me había dicho que no debía meterme demasiado en el tema, por si acaso no los volvía a ver.
Aquel día en la morgue esa ilusión se hizo añicos.
Desde entonces, he desempeñado otros roles en el ámbito sanitario. Y he visto la gran carga emocional que soportan las personas en los hospitales: personal, pacientes, familiares. Nos enseñan a mantener la distancia. A mostrar empatía, pero no demasiada. A preocuparnos, pero no tanto como para rompernos.
Pero perdemos algo esencial en esa distancia.
Y así nació Vitals . Un espacio para historias. Historias reales y humanas. No solo de pacientes, sino también de estudiantes, cuidadores, proveedores y todos los demás. Porque el hospital es más que sus cifras, resultados o títulos. Está lleno de momentos que nos transforman, incluso cuando nadie más los ve.
No lo tengo todo resuelto. Pero esta historia cambió mi perspectiva sobre la medicina. Y espero que Vitals pueda ser ese mismo punto de inflexión para alguien más. Un espacio para la reflexión, la conexión y la verdad.
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